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violencia en las cárceles de Argentina historia

@Aitor_killer Publicado El 29 de octubre a las 00:05


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Es sabido que en las cárceles argentinas, como en cualquier
otra parte del mundo, las condiciones higiénicas no son las
mejores, hay superpoblación y la violencia es cosa de todos
los días. Supuestamente, la cárcel debería ser un lugar que
brinde al individuo mecanismos para la reinserción social. Sin
embargo, según consta en distintos informes sobre el tema,
estos objetivos no se cumplen, y afectan no solo al reo, sino
que se extienden a la familia. Ejemplo de esto son los diversos
trámites que debe realizar un familiar para visitar a un
preso, que van desde las requisas físicas, muchas veces con
abuso por parte de los guardias, hasta la extorsión y amenazas,
en caso de que se formulen denuncias en su contra. Otro
ejemplo es que supuestamente los internos deben realizar
actividad física, y aprender un oficio o estudio para su reinserción
social. Esto debería ser así pero, dado que las cárceles
están tan sobresaturadas, no se cumple, lo cual condena al
reo a una inactividad que no solo es peligrosa para su salud
física, sino también para la mental. O, por el contrario, en los
casos en que los internos son puestos a trabajar, las condiciones
son completamente infrahumanas, extendiéndose los
horarios de trabajo más allá de lo concebible. En la mayoría
de los casos, estos presos arduamente explotados, no tienen
ninguna retribución por su labor. En aquellos casos en que
reciben una retribución monetaria, ésta es retenida por los
guardias, o “redistribuida” entre internos que cuentan con la
simpatía de sus carceleros.
Tiempo atrás, fue de público conocimiento, el caso de presos
que salían a robar, con la aprobación de los guardias, que les
abrían las puertas, y con los cuales debían repartir el botín.
Cabe aclarar también, que esta situación va más allá del
cuerpo carcelario, ya que los jueces que deberían velar por
la defensa de los derechos humanos generalmente son los
principales reproductores de estos horrores, al no intervenir
con la fuerza de las leyes, haciendo oídos sordos a todas estas
situaciones, a pesar de las denuncias que reciben, hechas
tanto por internos como por familiares.
A causa de todas estas situaciones, muchas veces se escucha
hablar de cárceles tomadas, o motines de presidiarios, que hartos
ya del maltrato constante, se rebelan contra el sistema.
Surgen, entonces, interrogantes acerca de por qué una institución
que debería reacondicionar al sujeto brindándole herramientas
de corrección conductual que se adapten a la cultura
e ideología de la sociedad, se transforma en un infierno del
que normalmente salen sujetos aún en peores condiciones
de las que entraron.
Según los sociólogos Oscar Castelnovo y Ayelen Stroker,

la regularidad y sistematicidad de las prácticas violentas
institucionales por parte del personal penitenciario le imprimen
a la cárcel el atributo de pena corporal. Se considera
entonces, el maltrato físico como castigo reflejado en
el cuerpo del detenido/a, el cuerpo como medio y fin de
aquellos ejercicios regulares y sistemáticos de soberanía,
disciplina y control, que en tanto dispositivos desplegados
y articulados se constituyen en estrategias de gobernabilidad
en el marco de las relaciones sociales carcelarias.

Cabe destacar, que dicha situación de violencia no solo física
sino también psicológica, no tiene un sentido solo vertical, es
decir, no se da solamente entre carceleros y reos, sino que
también se reproduce dentro de la masa carcelaria. Esto es,
en el estamento de los reos, donde se observan jerarquías de
poder que se manifiestan en el abuso por parte de individuos o
grupos de individuos sobre otros. Los “nuevos” siempre son
sometidos a “prueba”, por los otros reclusos, arrojando distintos
resultados: si el nuevo es fuerte, puede que constituya su
propia banda, y pasa a integrar la masa de los abusadores de
débiles, o bien, que el nuevo sea débil, y deba buscar la protección
de uno más fuerte, siendo sometido al abuso físico,
mental, robos, etc., sin que nadie interfiera en la violencia.
Louis Althusser aborda el tema de la ideología en la sociedad
y el papel que cumple ésta como reproductora de elementos
ideológicos. Estos aparatos se definen por el discurso
y prácticas simbólicas que circula por ellos. En su texto, el
autor, “opone los instrumentos represivos del estado (ejército,
policía) que ejercen una coerción directa, a los aparatos
que cumplen funciones ideologías y que denomina aparatos
ideológicos del estado”. Estos aparatos, la escuela, religión,
familia, etc., tienen la función de asegurar el monopolio de
la violencia simbólica, bajo la cobertura de una legitimidad
supuestamente natural, concretándose de esta manera el
dominio ideológico de una clase con poder sobre las demás
clases. Este concepto de violencia simbólica, se ve claramente
aplicado a las restricciones legales que se aplican a los reclusos.
Estas restricciones, se basan en limitaciones legales
en cuanto a salidas del país, créditos bancarios, o adquisición
de bienes de capital, e incluso no surgen solo del estado sino
que la misma sociedad los sojuzga, por ejemplo, impidiéndoles
la obtención de trabajo.
Siguiendo estos conceptos, se desprende la duda acerca de si
en nuestro caso podríamos decir que, el instrumento represivo
(guardia y cárceles) además de ejercer su función coercitiva
reprimiendo directamente a los reclusos, ejerce una dominación
típica de un aparato ideológico, donde se produce la dominación
de una “clase” superior con poder (los guardias) sobre
el resto de la sociedad carcelaria (presos). Esta situación, que
normalmente no se discute, pasa a formar parte del ideario
colectivo, donde no se cuestiona ni se juzga la superioridad
“natural” del guardia cárcel, por cuanto la represión se considera
como algo habitual, y propio de aquel con más poder.
En relación con el tema de la violencia oculta, el autor Pierre
Bourdieu aporta el concepto de habitus, término que designa
el sistema estable de disposiciones que actúan en una sociedad
y que contribuyen a reproducir con todas sus desigualdades
un orden social establecido. Según él la formación social
estaría formada por un sistema de relaciones de fuerza y de
sentido entre grupos y clases.
Esta idea se percibe muy claramente en el funcionamiento
de la sociedad carcelaria: dentro de la masa de presos. Allí
se establecen diferencias entre débiles y fuertes, que reproducen
las mismas relaciones de fuerza que entre guardias y
presos. En otras palabras, la desigualdad que el preso siente
en relación con el guardia, la reproduce, luego, dentro su
grupo. Una sociedad en la que, supuestamente, todos los
presos deberían ser tratados en igualdad de condiciones, se
transforma así en un sistema de relaciones de fuerza, en la
que los individuos más fuertes ejercen control sobre los más
débiles, sometiéndolos a toda clase de abusos; y estableciéndose
como una sociedad de jerarquías de poder. Se trata de
una situación que se da en todos los estamentos de la cárcel,
desde el ingreso del presidiario, hasta su salida. Es una reproducción
constante de la violencia a la que son sometidos
estos actores sociales.
En relación con la industria cultural, Humberto Eco diferencia
entre seres apocalípticos y seres integrados. Los apocalípticos
serían aquellos que perciben el fenómeno de masificación
cultural como una amenaza para la cultura y la democracia;
los integrados por el contrario, son aquellos partidarios de
esta cultura de masas.
Si tratáramos de aplicar este concepto a la cultura carcelaria,
veríamos que en general priman los integrados, dado que
la cultura de violencia que se ejerce en las cárceles es algo
aceptado e impuesto por los guardias, y reproducida entre
los presos. También se da la situación de detenidos que al ingresar
al sistema de violencia, manifiestan su disconformidad
ejerciendo violencia contra sus represores, pudiendo considerar
a estos como apocalípticos. Sin embargo en la mayoría
de los casos esta situación apocalíptica se aplaca, debido al
abuso constante que tienen los guardias, convirtiendo al “rebelde”
en parte integrada del sistema. Vemos que aquellos
reclusos que no se adaptan al sistema muchas veces sufren
desapariciones y torturas mantenidas durante su condena.
Otra situación de apocalipsis se manifiesta en los citados casos
de motines o tomas de cárceles, que normalmente finalizan
con la “integración” de los reclusos debido a la represión
brutal e indiscriminada.
Hebert Marcuse, en su texto La racionalidad técnica, denomina
al individuo de los años sesenta, como un hombre unidimensional,
el cual pierde la libertad de pensamiento crítico,
debido a los límites y barreras que le impone el estado junto
con las nuevas tecnologías que se instalan en la época. Según
Mattelart, en La racionalidad técnica, Marcuse intenta
desenmascarar la forma de dominación política; y lo explica
con esta frase: “bajo la apariencia de racionalidad de un mundo
cada vez más conformado por la tecnología y la ciencia, se
manifiesta la irracionalidad de un modelo de organización de
la sociedad que, en lugar de liberar al individuo, lo sojuzga”1.
Es decir, que este hombre “unidimensional”, al igual que en
la sociedad carcelaria, está sometido a fuerzas de dominación
que lo reprimen constantemente. Se trata de un sistema
de control permanente, impuesto por el Estado y que genera
una sociedad que pone a todos los individuos en un mismo
nivel, en donde la libertad de opinión y cultura es sistemáticamente
reprimida.
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