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Un cuento para esta noche II

@hitokiri Publicado El 01 de octubre a las 03:31

Ese deseo que tenemos a veces de desaparecer completamente

Iba pensando en mil cosas cuando estuve a punto de entrar al baño de hombres. No me pasaba algo así hace años.
Elegí el último de los lugares para meterme y, apenas cerré la puerta de madera gris llena de firmas y rayones a la pintura, las arcadas casi me hacen vomitar: el inodoro tapado, el piso enchastrado con barro y el fuerte olor a orina de innumerables borrachas me descompuso. Bajé la tapa, limpié un poco con la mano la tierra de encima y me senté. Solamente quería llorar y que nadie me viera.

El celular sonó y pegué un salto. Cuando levanté la cabeza el aturdimiento era insoportable, un silbido me perforaba los oídos y no paraba de temblar. La yorugua me contestó el mensaje. Recién había escuchado el audio que le envié a las nueve, pero ya eran las dos de la mañana. La llamé enseguida.
— Escuchame mamita paso por ahí en un rato. ¿Podés? — le pregunté.
— Dale mi amor, te espero. ¿Esta todo bien?
— Si, si. Me voy a volver a Santiago, a lo de mis viejos.
— ¿Pasó algo? Pasate y hablamos si queres.
Me quedé pensando en que decirle, no tenía la confianza suficiente como para contarle cosas muy privadas, pero me estaba ofreciendo una ayuda que ni siquiera mis mejores amigos podían darme.
— Hablamos cuando vaya, te llamo un rato antes así calentás la pava.
— ¡Okis! Te espero hermosa.

Creí escuchar que entraron y me quedé viendo la mugre acumulada en el rincón. Esperando muy concentrada. El aire se puso denso, pesado. Noté que poco iluminaban los tubos fluorescentes. Las gotas de sudor helado cayeron como si se hubiese abierto una canilla en mi frente. Me limpié la cara con la manga y me acerqué a la puerta para escuchar mejor.
Silencio. Tal vez no era nadie, pensé tratando de tranquilizarme y, de pronto, llamaron golpeando a mi puerta. Me fui de espaldas contra la pared y me tuve que tapar la boca para no gritar.
— ¡O... oocupado!
— ¿Estas bien flaca? — el playero seguro, me vio cuando entré.
— Si, si. Ya salgo.
— Ok — dijo. Salió un rato después.
Escuché que hablaban afuera, escuché los autos que llegaron y personas que se rieron. ¿Y de qué se reían?, mi mundo se derrumbaba bajo las imágenes que me mortificaron por algo que no pude contenerme. Y todas esas máscaras que tuve que usar para poder vivir por culpa de las cosas que no pude superar. Yo fui víctima de este sistema, de esta vida de mierda y afuera la gente se reía. Pero no me quería morir, tampoco quería seguir de esa manera. Exploté porque ya no podía soportar más lo que soportaba.
Guardé el celu en la cartera, respiré hondo y me levanté lista para irme. No pude girar el pomo de la puerta, ni con las dos manos.
Estaba encerrada. La taquicardia y los nervios, me empecé a asfixiar y el baño se encogía y estaba atrapada y quería gritar.
Necesitaba calmarme, respiré profundo y traté de bajar un cambio. Tenía que irme lo más lejos posible. Temblaba del cagazo como nunca, la fría transpiración en las manos me generaban descargas eléctricas en los dedos, una puñalada en el estómago y en la garganta una horca dejándome sin aire. Me senté de nuevo y me abracé fuerte.
Mi situación era grave, pensé. La policía de Santiago seguro ya estaba alertada de mi llegada porque bastaba una simple llamada desde Buenos Aires y era más que probable que se hayan comunicado con mi familia, no podía ir a la casa de mis viejos. Tampoco podía ir a la terminal de micros, ese era un lugar obvio para que me agarren.
No tenía mucha guita para gastar, la uruguaya me iba a tener que prestar algo. Aunque tal vez la Betiana ya sabía todo porque la gorra le cayó en algún momento. Pasaron muchas horas desde que le mandé el mensaje y fue tiempo suficiente como para que la ubiquen y le pidan su colaboracion.
¿Pero cómo la podían ubicar? Era imposible… no, no era imposible, dejé el facebook abierto en la netbook. Era muy sencillo, les hice todo el trabajo yo. Ya sabían quién era y dónde estaban los lugares en los que podía llegar a huir.
Huir, ¿Y por qué iba a huir? Me podrían haber secuestrado. Esa hipótesis la deberían haber manejado. En la casa hubo gritos y nadie me vio salir sola. Si, entonces tenía tiempo. Cómo podían saber que fui yo. Era la última sospechosa.
Ella era mi sobrina y estaba a mi cuidado. Todos sabían que la amaba. Me decia tia en frente de todos porque nos confundian como hermanas y nos sacabamos miles de fotos.
(Era imposible que sepan que fui yo. Por lo menos un tiempo).
Traté una vez más de abrir y este con un simple click giró, me extrañó en un primer momento, pero estaba demasiada apurada como para tratar de entender qué le pasó a la puerta. Así que al pararme me sostuve del pomo y cuando se abrió, un poco hacia adentro, el celular sonó desde el interior de la cartera. El número era privado, pensé unos segundos si atender o no. La idea de que podía ser alguien que ya sabía de mi situación y no quería comprometerse era posible, capaz yo no era consciente de la gravedad real de lo que estaba pasando y por eso atendi.
—¿Hola? — pregunté.
El silencio del otro lado era raro, de a poco empecé a distinguir una risa que se hacía cada vez más audible y llegué a reconocer.
—¿Tía?— sonó como respuesta y sin darme tiempo a reaccionar sacudieron a golpes la puerta. Me caí sobre el inodoro y traté de girar de nuevo el pomo para cerrarlo, pero fue imposible. Tuve que pararme rapido para sostenerlo con mi cuerpo. El inodoro vomitaba mierda licuada con un ruido visceral, mis pies se empaparon junto con la cartera que en algún momento se me cayó. Mis gritos se desvanecieron cuando escuché su risa arriba de mi cabeza, tan nítida y cavernosa a la vez. Miré sin querer hacerlo y ahí, apenas asomada con esos ojos opacos, sin vida. Estaba ella apoyando su rostro. sobre sus manos pálidas, Su pelo negro bajaba por la pared de azulejos amarillentos como las patas de una horrible araña, hasta que alcanzaron mis hombros. Grité sin dejar de intentar de abrir la puerta. Mientras ella me miraba con la profundidad del vacío de la muerte.
Desapareció de a poco, junto con la risa y los golpes en la puerta. Mis piernas se vencieron, el dolor de cabeza me tortura y las lágrimas no paraban.
No sé si en algún momento entré en shock, pero mil imágenes volaron por mi cabeza y algunas vinieron como epifanías: “encuentran muerta a joven con síndrome de Down en su casa” o “se investiga a la familia de la chica asesinada” eran titulares de los noticieros que pasaron hasta que el último de ellos me trajo a la realidad: tenía que escapar como sea.
Dejé de llorar y agarré la cartera del piso que chorreaba. Tomé aire, me paré y cuando me hundía de nuevo en pensamientos tan horribles, abrí.
Corriendo fui a la salida, las luces empezaron a fallar, se encendían y apagaban. Agarré el picaporte, pero no pude abrirlo y mis nervios estaban destrozados. Los golpes me hicieron dar vuelta del espanto, los tres inodoros desbordados, las puertas, junto con la luz no dejaban de enloquecer. Los gritos y las lágrimas no me alcanzaban para desahogarme, y fue mucho peor cuando la risa de mi sobrina volvió, más aspera mezclada con agonía.
Entonces las piernas no me aguantaron y caí al piso helado y húmedo. a punto de colapsarme el corazón, bastó que parpadeara para encontrarme con ella delante mio. Mirándome a los ojos se agachó y me clavó las uñas en la cara.
Los inodoros estallaron con chorros que llegaban al techo y el espejo del baño se partió. Ella gritó y se me vino encima de nuevo, me resbalé en la mierda tratando de levantarme. Dimos unas vueltas en el piso, hasta que pude ponerme sobre ella y con las dos manos la ahorqué. Con un último zarpazo me rompió la remera y se tiñó con mi sangre, el corte era profundo y me ardia. Ya cuando dejó de luchar y de moverse; tuve un deja vu.
Me levanté lo más rápido que pude y con las dos manos en el picaporte tiré y abrió.
Afuera tres patrulleros me esperaban con los policías apuntandome directamente.
— ¡Tirate al piso!
Hice lo que me pidieron.
El pecho no me dolía extrañamente y al mirarme sonreí porque me di cuenta de todo: la remera estaba rota y con sangre, sí, pero esa sangre no era mía. Yo no estaba herida.
Me tiraron al piso y entre dos me esposaron. Comprendí que al verme llegar así, sumado a los gritos, los playeros llamaron a la yuta.
Con el paso de las horas fueron a mi casa y encontraron a mi sobrina.
Los noticieros se llenaban de novedades sobre mi historia y a los dos días, salió al aire el titular que tanto temía, porque en la autopsia encontraron mi semen.
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